008 Santos - II: Homicidio.

Los hermanos Carrasco tuvieron en claro desde pequeños que querían ser policías. Jugaban a perseguir ladrones corriendo a su perro por el jardín de su casa y a lo largo de los años habían perfeccionado tanto el sonido de la sirena policial que hacían con su boca, que uno casi no podía distinguirla de la verdadera. A sus treinta y tantos años, ambos eran cómodos Tenientes en la Comisaría de Windenburg y por primera vez enfrentaban un caso de homicidio.
Javier y Daniel Carrasco eran muy capaces, pero no podían esconder su nerviosismo ante semejante acontecimiento. Un homicidio. Un descolocado homicidio en el lugar más tranquilo y aburrido del planeta. ¿Qué hacer ahora?.
Por suerte para ellos el protocolo exigía la incorporación de un Investigador especializado para guiarlos. En esa jurisdicción había dos detectives disponibles, pero uno de ellos tenía problemas con el alcohol y se encontraba rehabilitándose. Así que Santos Herrera, un atractivo hombre nacido y criado en Willow Creek, fue el elegido para el caso.
El Detective Herrera era un hombre serio, pero no precisamente por su trabajo. Algunos colegas le adjudicaban la seriedad a su viudez, porque al parecer Santos aún no superaba la muerte de su amada esposa Soledad.
Profesionalmente era un hombre dinámico y flexible, no le importaba no tener un rumbo fijo ni un hogar estable, iba donde hiciera falta en busca de la verdad. Sólo tenía una condición a la hora de aceptar los casos que se le presentaban y era que su asistente, Melina Cuesta, formara parte del grupo de trabajo. Desde aquel homicidio en Oasis Springs, donde prácticamente fue obligado a trabajar con ella, no había podido desprenderse de su inteligencia y su idoneidad. Melina se había vuelto indispensable para él.
Santos acudió al llamado de sus superiores la mañana siguiente y eligió quedarse en la comisaría en lugar de un hotel o vivienda. Javier supo en ese momento que las despreocupadas siestas los días de guardia se habían terminado. Esa misma tarde llegó Melina y fue Daniel quien la acompañó a reservar una habitación de hotel. Más adelante, si era necesario quedarse mucho tiempo, contemplarían la idea de compartir una vivienda.
Una vez instalado, Santos no quiso perder tiempo y se ocupó del caso. Javier le informó que la víctima había sido identificada como José Ignacio Rodriguez, el almacenero del pueblo y que su viuda, Cristina, se había mostrado algo indiferente al ser notificada.
-Será que es sospechosa?- preguntó Santos mirando fijamente un rincón vacío.
-No lo sé realmente, Detective. Cristina siempre fue una mujer callada y trabajadora, con la mirada un poco cansada pero nada más. No sé si sería capaz de cometer un asesinato.- opinó Javier.
-Teniente, se sorprendería de lo capaces que somos todos de cometerlo si abriera su mente.- afirmó Santos y corrió a inaugurar su estadía con una buena taza de café sin azúcar.
Como primera medida, Javier volvió a citar a los adolescentes que encontraron el cadáver. Esta vez Santos sería quien escuche su declaración. Su llegada ciertamente los tranquilizó... ¿un homicidio? ¿en Windenburg? Nadie tenía idea de cómo actuar en un caso así, ni los oficiales ni los civiles.
Herida en el pecho, mucha sangre, ojos abiertos y una gran duda sobre el "por qué" fue todo lo que aportaron los testigos. Aún estaban muy conmovidos y temerosos por lo sucedido, sería mejor esperar un poco para volver a hablar con ellos y ver si recordaban algún detalle más. Ni siquiera fueron capaces de entrar a la sala donde debían hacerse las declaraciones, ambos temblaban y tartamudeaban un poco. Santos miró a Melina al retirarse los testigos, ella asintió, tomó un lápiz y escribió algo en una pequeña libreta que guardaba en su bolsillo. Los hermanos Carrasco que observaban el accionar del Detective, quedaron atónitos al ver que sólo les bastaba una mirada para entenderse.

Santos le pidió a Daniel que lo acompañe al lugar de los hechos y a Melina que consulte los datos que tenía ya el forense.
Mientras cruzaban Windenburg de punta a punta para llegar a las ruinas donde apareció el cadáver, Daniel ofició de guía turístico e historiador. Fue así que Santos se enteró de que Doña Asunción jamás se había casado, que los dueños del hotel tenían problemas con sus hijos y que un monstruo marino vivía en sus aguas.
-Teniente Carrasco, entiendo que quiera entrar en confianza conmigo, pero no es a mí a quien debe contarle este tipo de cosas.- dijo Santos -Mi asistente es para mí como un archivo, que a su vez ordena y procesa la información. De hecho a veces creo que ella debería ser la detective y no yo.-
-Lo siento Detective, es que siempre hablo hasta por las orejas cuando estoy nervioso. Ciertamente este caso nos tiene preocupados, no es algo que suceda aquí todos los días... ni en años... nunca!-
-Lo comprendo Teniente, no debe disculparse, además la información siempre es importante aunque sea ínfima. Sólo tenga en cuenta repetirle luego todo esto a mi asistente junto con todo lo demás que quiera decirle sobre Windenburg y su gente. Y hágale un café de vez en cuando, que lo necesita como el aire y va a hacer que se sienta más cómoda.-
-Detective, si me permite el atrevimiento, creo que hasta me gustaría invitarla a tomarlo fuera de la comisaría. Realmente es una mujer muy atractiva. Ustedes dos no...-
Santos miró a Daniel de una forma un poco despectiva pero risueña. Sabía que esto podía llegar a pasar, a Melina la pretendían muchos hombres, pero la quería como un padre y la celaba como tal.
-Mire Teniente, le voy a ser franco. Melina merece algo muy grande y no sé si usted estará a la altura. Va a tener que trabajar muy duro en eso.-
Daniel se sonrojó un poco y sintió su orgullo empequeñecerse, pero a la vez se sintió aún más atraído por Melina.

En las ruinas, Santos no encontró ni rastros de que allí haya sucedido gran cosa, excepto por el pasto teñido de sangre seca y un aire cortado, como de acecho. Giró varias veces sobre su eje para corroborar que nadie lo estaba observando pero seguía sintiéndose algo incómodo.
-Teniente qué siente usted en este momento?- le preguntó a Daniel, sin dejar de mirar el horizonte. Santos tenía las típicas poses de los detectives de las películas, le faltaba la pipa y una lupa en las manos para llegar al punto de ser gracioso a veces.
-Realmente no mucho, Detective. Intriga principalmente, nada raro, ¿por qué lo pregunta?-
-Me refería a si tiene alguna extraña sensación, como si lo estuvieran observando.-
Daniel lo pensó un poco, miró hacia varios lados y dijo: -No, Detective, estoy bien.-

Al regresar a la comisaría se encontró con el forense en persona que venía a entregar su informe.
Ariel Monzón era un hombre jovial y simpático, quién lo diría. Se notaba que examinar cadáveres era su pasión y estaba complacido de poder al fin hacer algo en ese barrio tan inanimado. A veces pensaba que era Windenburg en sí quien necesitaba una autopsia, porque siempre lucía como muerto.
-Realmente te alegra que la gente muera?- preguntó Javier exaltado.
-Claro que no! Sólo me alegro de al fin poder poner en práctica todo lo que he aprendido. Estaba a punto de renunciar a todo y abrir un negocio de postales en la zona turística.- alegó Ariel.
Santos esbozó una sonrisa.
Ariel solicitó permiso para utilizar uno de los ordenadores de la comisaría y le mostró el informe de la autopsia y las fotografías a Melina y Santos.

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